Nota 2. Lo ganado y lo perdido

Revista El Trainer, año 1, número 3, junio del año 2000

Lo ganado y lo perdido

Todo deporte que aspire a alcanzar el status de olímpico necesita reunir, como mínimo 50 países con practicantes masculinos y/o 35 con practicantes femeninos. Cuando los chinos visualizaron la posibilidad de llevar el Wushu a dicho status, estaban lejos aun de llegar a esa cantidad. Era imprescindible lograr una rápida difusión. Hacer conocer las formas standard en aquellos países donde existían escuelas serias de Wushu tradicional era relativamente simple, pero lograrlo en los que el Wushu era totalmente desconocido, o en los que solo existían aventureros y charlatanes, era sumamente dificultoso.

En una primera etapa, comenzaron por enviar a un equipo de sus campeones nacionales para que realizaran demostraciones en los países “centrales” que ya poseían escuelas de Wushu tradicional. La primera exhibición se realizó en Seattle, USA, en 1972, luego que Nixon decidió restablecer relaciones diplomáticas con la República Popular China. Siguieron luego en las principales capitales europeas, Japón y en el sudeste de Asia.

No todos los Maestros chinos aceptaron de buen grado las nuevas formas, por diversas razones a saber: 1) Una gran cantidad de ellos, “chinos de ultramar”, eran opositores al régimen socialista establecido en China desde 1949; 2) Algunos consideraban que esas rutinas se alejaban del espíritu original del Wushu; 3) Otros no querían aprender las formas modernas, o no se sentían capacitados para intentarlo; 4) También habían, entre los más ancianos y prestigiosos, los que consideraban que ya no estaban con edad para regresar a la condición de aprendiz, o que “perdían nivel” al hacerlo. Aun así, los que aceptaron el reto fueron suficientes, y rápidamente recibieron invitaciones para tomar cursos en China, en primer lugar los Maestros y más tarde, los competidores más osados que se atrevieron a presentar formas standard en los torneos locales.

Poquísimos afortunados pudieron permanecer en China durante períodos lo suficientemente prolongados como para incorporarse a una escuela terciaria de Wushu. El resto, luego de un cursillo de nivel turístico de no mas de un mes de duración, en el que difícilmente llegaran a aprender una secuencia completa, regresaban a sus países de origen con libros y videos de las formas modernas. Fue con ese tipo de material didáctico, que los chinos difundieron las nuevas rutinas.

Tradicionalmente, en Artes Marciales, las formas constituían un medio para registrar las técnicas de cada estilo, y permitían a los practicantes estudiarlas y entrenarlas de una manera ordenada junto a sus posibles aplicaciones, desarrollando ciertas cualidades físicas a través de los gestos propios del Arte. Sin embargo, la difusión de las nuevas secuencias tuvieron un efecto inesperado, ya que numerosos competidores e instructores comenzaron a tomar su práctica como un fin. Es decir, para ellos, las formas dejaron de ser una herramienta en el proceso de aprendizaje del Arte Marcial, y se transformaron en simples rutinas, principio y fin de un deporte. Tomadas con semejante óptica, las competencias de Taolu difieren en muy poco de las de gimnasia deportiva.

De hecho, cada técnica de las rutinas oficiales proviene de los estilos tradicionales y tiene también, como en estos, aplicaciones posibles que le dan sentido a la trayectoria, continuidad, terminación, velocidad y fuerza. La mayoría de los nuevos practicantes, alumnos de los instructores que tomaron las formas como fin en sí mismas, desconocía totalmente esas aplicaciones y nunca se las enseñaron. Por esta razón comenzaron a interpretar los movimientos a su gusto y manera, destacando los que mejor lograban, interrumpiendo los movimientos donde más les gustaba, modificando las trayectorias, poniendo fuerza o velocidad donde les venía en gana. Y el problema se agudizaba cuando los movimientos, estudiados de un libro o video, eran analizados por aventureros sin la más mínima base marcial.
En su afán de una difusión más rápida, los chinos aceptaron esta perversión, y hasta la alentaron de una manera suicida para la esencia marcial del Arte. Como no podían ser únicos jueces y parte, se impusieron a sí mismos la obligación de formar árbitros extranjeros, y lo hicieron a través de cursos cortos e ineficientes de unos pocos días, o a veces unas pocas horas de duración.

Muchos de los que participaron en esos cursos ni siquiera conocían las formas, pero aun así recibieron su certificado y los exhibieron en sus propios países. Eso les dio el derecho a ocupar una silla de juez en los siguientes mundiales, con los resultados que podían esperarse. De esos resultados existe al menos una prueba irrefutable: durante el Mundial que la Federación Internacional de Wushu realizó en Baltimore en 1995, el filipino Lester Pimental ganó la categoría espada, a pesar que salteo 18 técnicas de un total de 53 que componen la forma oficial de dicho arma. Salió segundo un mongol que realizó su forma completa y sin errores demasiado notables. Ninguno de los cinco jueces se dio cuenta del “pequeño olvido”, ni los jueces de mesa, ni los entrenadores de los demás competidores de esa categoría. El canal ESPN pasó un resumen del torneo y muchos, como yo, lo tienen grabado; los invito a que lo vean. Y no quiere decir que esa haya sido la única falta que puede observarse en lo proyectado, pero es la más grosera y por ella, Pimental no podía ganar la categoría aunque sus adversarios hubiesen competido maniatados.

Ante críticas como esta, alguien me contestó una vez “Son criterios de los jueces”. Un juez no puede juzgar con criterio propio, sino que es solo un instrumento para aplicar la ley. Quien hablaba conmigo desconocía ese principio, a pesar que era un juez internacional.

Lamento ser pesimista, pero creo que esta situación se agravará. Los chinos no se encuentran en posición de cambiar esa situación, porque ya no son los únicos que opinan. No todas las federaciones nacionales que integran la Federación Internacional están lideradas por personas idóneas, y estas no estarán dispuestas a reconocer su falta de idoneidad. Por esa razón creo que se cumplirá la ley del juego del “teléfono roto”: cuanto más lejos se esté del origen de lo transmitido, mayor será la distorsión. Los alumnos de quienes distorsionaron una forma, la re-distorsionarán, y los jueces de numerosas federaciones nacionales serán formados por los jueces que juzgan como se juzgó en Baltimore.

En la primera parte de esta nota, dejé pendiente la pregunta respecto a si las formas modernas de Wushu poseen la misma calidad marcial que las tradicionales; para mi, la respuesta es un Si rotundo. Pero el diseño de una forma es nada sin el ejecutante, del mismo modo que lo impreso en un libro es nada sin un lector. Sin embargo, si el lector de un libro no entiende lo que lee, lo impreso seguirá siendo nada. Lo mismo sucede con las formas oficiales y con el “Wushu Moderno”. Si los ejecutantes no entienden lo que ejecutan, si quienes los entrenaron, a su vez no lo entendieron, y si los encargados de juzgar no lo entienden tampoco, la calidad marcial de las formas oficiales no importa en absoluto.
Para quienes entraron o entran en el Wushu utilizando solamente la estrecha puerta de las Formas Oficiales, la carrera será muy corta.

Una vez aprendidas de memoria las ocho (o nueve, si además aprenden la de Taijiquan), solo les queda mejorarlas, si son competidores, hasta el tope de su estado físico. En cuanto a los entrenadores (nunca más Shifu o Maestro), el horizonte es aun más limitado.

¿Dónde quedó el Arte Marcial en la vertiente moderna del Wushu? ¿En las competencias de combate, quizás?. Eso será materia de análisis en la próxima nota.

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